Es un hecho: Los últimos años, en todo el mundo, las encuestas han estado equivocadas una y otra vez. Generalmente llevando a pueblos enteros a tomar decisiones colectivas de las que luego se arrepienten.

En las últimas elecciones en USA, las encuestas daban por segura ganadora a Hillary Clinton y para horror del electorado, ganó Trump.

Una encuesta de la firma Populous afirmaba que lnglaterra se quedaría en la Unión Europea: La población votó por el Brexit y luego se arrepintió.

Un sondeo de la firma Ibope indicaba que el candidato del Partido de los Trabajadores en Brasil, Fernando Haddad, vencería a su principal contrincante en las urnas: Jair Bolsonaro ganó la presidencia con el 46.03% de los votos.

En Guatemala, se publica una “encuesta” cada 2 minutos. Cada una con un diferente ganador.

Entre tanto ruido. Tanta encuesta falsa. Tanta campaña negra. ¿Qué voz escuchar para elegir? La respuesta es sencilla.

Más allá de los resultados que presenta una encuesta, el ciudadano debe votar informado: Votar según lo que su corazón y razonamiento le indiquen.

Cualquier elección popular debe regirse por lo que cada persona considera mejor para su familia y su país, independientemente de lo que indiquen las encuestas.

En el proceso electoral actual de Guatemala las encuestas son espeluznantes. Pareciera que están amañadas, que las personas responden distinto a lo que realmente piensan o que sencillamente se dejan llevar por “el caballo ganador” en el momento de la pregunta. 

El planteamiento, entonces, es el siguiente: ¿Votar por el menos peor, por el viejo conocido o por el que “puntea las encuestas”, es el camino correcto? ¿No sería mejor votar por el más preparado o por el que tiene las mejores propuestas y explica cómo las llevará a cabo?

En estas elecciones del próximo 16 de junio, no votemos sin estudiar a los candidatos a profundidad (y comprender que no existe el gobernante perfecto), pero sí votemos por aquel que demuestre conocimiento amplio, capacidad de ejecución y coherencia de vida.